Tuesday, October 21, 2008

Cena para dos.


  • Raviolini de carne y queso, con gravy y salsa de tomate con romero.
  • Hongo relleno de vegetales a las hierbas y aceite de tocino.
  • Filete con costra de nueves, con reducción de mostaza, puré cremoso de papa.
  • Vegetales al vapor salteados con mantequilla al chile y la pimienta.
  • Fresas maceradas en vodka, con tapioca en crema inglesa.


-¿Vienes a cenar?
-¿Qué vas a preparar?
-El menú es importante, pero no tanto como la manera en que vamos a quemar tantas calorías.
-¿Quieres que lleve algo?
-Trae condones. Esta noche no puedo comerme tu carne con todo y sus jugos.

Así arrancó una velada inolvidable que terminaría en nosotros dos, nuevamente empiernados, sudorosos y desnudos.
Cuando llegaste, yo apenas terminaba de dejar todo listo. Parecería que preparar la cena para dos es fácil, pero de hecho resulta complicado. Cocinar diminutas porciones es laborioso y od termina hecho un desorden, pero de esto tú no te diste cuenta. Cuando llegaste, no me encontraste sucia, con las manos grasosas o harina en el cabello. Todo lo contrario: tuve tiempo de arreglarme, para que me encontraras sexy, limpia, radiante y seductora. La casa además olia deliciosa, con toda la comida recién preparada, así que no quise echarlo a perder usando perfume.

-¿Quieres beber algo? Lo que sea.
-Quiero beberte.
-No me paré tres horas en la cocina para que apresures las cosas. ¿Tequila, whiskey, café, ginger ale?
-¿El tequila es Chamucos?
-Por supuesto, cariño.
- Derecho, en uno de tus vasitos rojos.
-¿Ya les tomaste cariño?
-Me gustaría acostumbrarme a ellos, aunque aún son novedad.

Te serví el tequila, inclinándome frente a ti para que tuvieras visión de primera fila de mi escote.

-¿Segura que no podemos saltarnos la cena?
-Te va a gustar, no seas impaciente.

Mientras caminaba junto a ti, colocaste tu mano de manera que al pasar, rozó suavemente mi pubis. Ese simple contacto hizo que yo quisiera brincarme la cena, pero de verdad todo había quejado justo como yo lo esperaba.

Procuré vestirme de manera muy casual. No era necesario ponerme algo que sabía terminaría arrugado en el suelo en un par de horas, así que después de cocinar sólo me puse ropa limpia. Pero bajo los jeans me había puesto el nuevo par de medias que sabía notarías al desnudarme. Tú mismo lo has dicho: eres un hombre de piernas.

-¿Cuánto tiempo tomará la cena?
-El necesrio. El único propósito de la comida es abrirte el apetito para después. No pretendo que lo pierdas.
-Ya me estoy muriendo de hambre de ti, ¿qué más quieres?
-Más. De verdad te va a gustar, procura disfrutarlo.

Las entradas representaban esa primer etapa, el preludio a la unión de nuestros cuerpos. Puse frente a ti un tazón humeante, como si estuviera lleno de besos ansiosos, como lo son aquellos primeros besos cuando el deseo te burbujea repentinamente. Comiste cada bocado pausadamente, disfrutándolo uno a uno, como queriendo frenar el ansia. Yo te observaba con una media sonrisa en los labios. Lo mejor de todo es que no hablabas. No perdías el tiempo en comentarios u observaciones, justo como cuando más excitado estás en la cama y te concentras sólo en sentir.

-Reconozco que sí: efectivamente me está gustando.
-Esntonces vamos por buen camino. Sigamos.

Volví de la cocina con los hongos rellenos. Te desconcertó no hallar un tenedor sobre la mesa. La falta de cubiertos era parte del juego, para que usaras las manos. Lo hice yo primero y entonces tú tomaste el redondo hongo y lo mordiste lentamente.

Los jugos corrieron inmediatamente por tu barbilla. Con un ligero rubor, murmuraste una disculpa y te limpiaste. Yo sonreí al evocar lo que este plato representaba: ese primer hervor, la primer oleada de humedad caliente que explota en mi entrepierna cada que me muerdes un seno. A propósito había guardado especial cuidado en el color, tamaño y textura de los hongos que seleccioné.

Para tu segunda mordida, ya estabas cerrando los ojos. Absorbías el jugo que manaba del centro del hono y pasabas discretamente la lengua para capturar alguna gota furtiva. Cinco mordiscos bastaron para que dieras cuenta del hongo.

-Extraño platillo. Tenía la textura casi perfecta de tus senos, pero el sabor de tus jugos.
-Vas entendiendo el juego. Me gusta.

Me levanté y destapé la botella de vino. Coloqué dos copas y vertí líquido hasta la mitad de cada una de ellas. Por fin, traje cubiertos y el plato fuere. Pero en esta ocasión, el platillo era para mi placer. Despertar sensaciones personales. Evocar tu carne, representada por el filete casi crudo, caliente y rojizo. Un ligero sabor agrio y picante, pero nada desagradable al paladar, sólo lo más que pude acercarme a emular el sabor del escaso líquido seminal que escapa cada que te como. Claro que nada en la alacena se acerca a ese sabor embriagante, pero tenía que intentarlo.

Sabía que tú también disfrutarías el platillo, paro parecías más concentrado en verme comerlo. También habías entendido esta parte de la cena.

-¿Lo disfrutaste?
-¿La carne o lo que me recordó?
-¿Cuál disfrutaste más?
-La carne, imaginándola como la tuya.
-Pero sin cuchillo, por favor. Tienes un poco de puré en la comisura de la boca.
-¿No me pasa siempre? Que desordenada soy para comer.

Toda la noche había estado evitando besarte, específicamente por este momento: el postre. Una sola fruta roja y brillante, empapada en licor, como una lengua rubicunda y fresca. Acerqué mi silla, para alimentarte yo misma con la fruta. Al momento de morderla, descubrise que no era sólo una simple fresa y sorbiste ansioso el jugo, como si tan poco licor pudiera embriagarte. Cuando retiraba mi mano, la tomaste para lamer mis dedos, a sabiendas que eso me encanta.

-Me hubieras dado la fresa con el pie. Sé que te fascina que te chupe esos dedos más que estos.
-Buena idea. Para la próxima.

En el plato quedaban cuatro elementos finales. Cuatro diminutas esferas transparentes, perdiéndose en una crema ligera. Aceercaste el plato a tu boca y con la lengua moviste la primer esfera, probándola. De pronto, juntaste los labios y aspiraste, haciendo desaparecer la esfera en tu boca.

-Tiene el tamaño justo de tu clítoris.
-¿Qué te parece el sabor?
-No tan embriagante como el tuyo, pero casi tan dulce.

Hicieste lo mismo con las otras tres esferas y limpiaste el resto de la crema con una larga lamida con la punta de tu lengua.

Verte comer fue francamente una delicia y me alegré de que ya se hubiera terminado la comida. Ahora sólo restaba esperar que tu voraz apetito se manifestara. Cosa que sucedió cuando la última gota de vino salió de la botella.

-No podemos permitir que se avinagre - dijiste seriamente. Yo estaba completamente de acuerdo contigo.
-¿Podemos hacerlo en la cocina?- pediste como un niño que pide un caramelo.
-Donde quieras.
-Es que toda esta comida me evocó tu cuerpo, pero no me importaría revertir los papeles.
-Mientras me saborees con el mismo gusto que mostraste durante la cena, por mí está bien.

Y así fue. Sobre la alacena, entre los olores de la pimienta y el aceite de oliva, con el sonido de vasos, platos y cubiertos cimbrándose dentro del mueble, me comiste y yo te comí. Mordiste mis senos con la voracidad con la que te comiste los hongos, mientras mojabas tus dedosen la primer cascada de placer que me provocaste. Nos besamos con lujo de humedad y mordimos nuestros labios, buscándoles el relleno. Te devoré ansiosa, queriendo saborear tu sabor ligeramente picante. Sorbimos el licor de nuestras respectivas lenguas y tú trazaste un camino con la tuya, desde mi cuello hasta la esfera de tapioca carnosa que succionaste y besaste, cubriéndola con tus labios mientras bebías ávidamente el jugo cremoso que te bañaba el rostro.

Empiernados, sudorosos y desnudos terminamos en el frío piso de la cocina. Pero con el frío otoñal entrando por la ventana, decidimos seguir repitiendo el menú en la habitación, hasta quedar satisfechos.

Esa noche, por primera vez, te quedaste también a desayunar.

Tuesday, October 07, 2008

Satisfacción.

Durante mucho tiempo, dos años por lo menos, lo deseé a él. Escritor bizarro y onírico, él es uno de esos hombres que sin ser guapo, seduce. De voz increíblemente cachonda, sólo le bastaría susurrarle una pregunta cotidiana al oído de una mujer, para que ella caiga rendida.

O por lo menos sólo a mí me bastaría. Porque lo deseaba de una manera muy particular. Admirándolo profundamente lo deseaba.

Cuando él decidió que era hora de conocernos, por supuesto que accedí. Esperando lo mejor, afilé mis mejores armas, me cargué con una botella de tequila Chamucos a manera de ofrenda y me dirigí a la tan anhelada cita. No lo niego, fue agradable, pero no llegó a ningún lado. Plática amena, risas y el placer de conocernos mejor. Fue todo.
Yo realmente podía notar en él su decepción. Yo era más alta y regordeta de lo que él creía. Seguramente eso fue lo que provocó el resultado de esa noche: ambos partiendo solos a nuestras respectivas camas.
Por eso me sorprendió que nos encontráramos nuevamente. "Quiero que nos comamos" era su capricho. Él sabía que aceptaría, sabe lo mucho que me fascina, más allá de un plano corporal, en un plano idealista. Accedí y en pocos días estábamos listos para satisfacer las ganas. La habitación de un hotel barato nos dio el espacio propicio para brindar con tequila y satisfacer su deseo y el mío.
En el preciso momento en que posó su mano en mi cuerpo, un delicioso vértigo se apoderó de mí. Por fin se cumplía mi fantasía, por fin podría su carne contra la mía, sentir su calor, saborear su saliva y tal vez otros fluidos.
Cuando deseas a alguien tanto como yo lo deseaba a él, te imaginas las cosas de una manera, pero como ocurrieron fue algo deliciosamente diferente. Su tacto es tan preciso, increíblemente delicado mientras besaba y lamía mi pubis y rudo y animal al abrazarme y chuparme los senos mientras me penetraba de la misma manera.
Hablando de eso, la mayor sorpresa fue el tamaño de su pene. Siendo un hombre de no más de 1.65 mt. de estatura, creí que sus genitales no serían tan grandes. Antes de verla, la sentí. ¡Vaya que la sentí! Una está habituada a que las cosas entren sin mayor trabajo. Desafortunadamente así ha sido gran parte de mi vida. Nunca había tenido problemas con que algo no entrara.
Cuando por fin pude darle un vistazo, descubrí una de las vergas más hermosas que he visto. No, debo ser franca: he visto una o dos tan lindas, porque los penes son horribles, pero éste, a pesar de no estar circuncidado, era particularmente bella. Tenía la longitud más que perfecta y un grosor envidiable, exquisito.
Ponerla toda en mi boca representó un reto que lamentablemente no gané. No pude comerme más de la mitad y aún así él parecía disfrutarlo.

Y fue así que consumamos un deseo que llevaba largo tiempo macerándose. Eso fue hace casi dos semanas. Hoy tengo un gran problema: habiendo probado su carne y su jugo, me confieso adicta. Lo deseo más, no: lo deseo de otra manera, lo deseo intensamente, lascivamente.

Y en unos pocos días volveré a felarlo como sólo el objeto de mi más oscuro deseo se merece. Toda la noche, hasta que él se canse o se me disloque el maxilar, lo que suceda primero.

Que mejor que desear, que satisfacer los deseos.

Saturday, October 04, 2008

Caricia Urgente...



Tengo un secreto... bueno, varios.